miércoles, 30 de noviembre de 2011

Capítulos

Mi éxito como escritor de novelas sería muy dudoso. Nunca he sabido cómo cerrar un capítulo, llevarlo a una acción concluyente, un desenlace determinante, que dé paso al siguiente y permita así el tránsito de la historia.

Cada uno de mis capítulos empaña con sus remanentes al siguiente, mezclándose, confundiéndose en una fusión de indeterminaciones, galimatías y fulguraciones rumiantes que desvían la atención del lector (y ni qué decir la del autor) hacia la indeterminación y el sueño inefable de la auténtica ingenuidad.

Mis capítulos acaban no teniendo una forma definida. Amorfos como son, encierran ideas magníficas de lo que pudo ser y lo que no debió ocurrir, de lo que se perdió o se debió, o de lo que se observó u obvió, con descripciones muy detalladas de la nada, y poco énfasis en el todo.

Espero que el lector de mi obra sepa disculparme estos ensayos infructuosos. Quizá del ensayo no quede tan sólo el cansancio.

lunes, 15 de agosto de 2011

Abrazos gratis

Así decía el cartel que colgaba del cuello de la linda muchacha que me recibió con un gran abrazo al salir de la estación, llegando a la plaza: "Se dan abrazos gratis". Y vaya abrazo..., duró casi un minuto.

Entre lo inesperado del gesto y los hermosos ojos claros de mi cariñosa anfitriona, la confusión me hizo pensar que se trataba de una turista, parte de un grupo de extranjeros curiosos interesados en experimentar con sujetos de prueba caribeños para medir sus reacciones ante gestos afectuosos inesperados..., o, en todo caso, una integrante de un grupo New Age. "Soy de aquí", me respondió, "y te invito a que tú también regales abrazos a todo el mundo, todo el día". Me despedí con una sonrisa y balbuceando un "gracias"..., deben disculparme, había quedado atolondrado.

Ya en camino hacia un banco de la plaza, a donde me dirigía a sentarme y a esperar (pues había llegado demasiado temprano, al parecer), me recibió un muchacho que también me dio un abrazo (esta vez breve, pues lo cortés no quita lo viril); una vez sentado, se me acercaron una muchacha y un muchacho, que hicieron lo propio. Tantos abrazos gratis ya parecían táctica de mercadeo velado, pero los ojos de cada uno de ellos no denotaban malicia; disfrutaban dar esos abrazos, que repartían sin discriminación entre las personas que deambulaban por la plaza. Las reacciones de los transeúntes eran diversas, pero algo me complació enormemente..., nadie se negó a recibir su abrazo y a, recíprocamente y en el mismo acto, devolverlo.

Tal vez esta iniciativa pueda parecer inútil para algunos, o hasta cursi, un acto de hippies o muchachos sin nada "útil" que hacer con su día, algo que definitivamente no va a salvar al mundo o algo parecido..., ¿o será que sí? Tal vez este tipo de actos no cambiará nada en un día, impacientes como somos, pero tengo la sensación (idealista frustrado como soy) de que si tenemos un poco de paciencia y replicamos la experiencia, una y otra vez y en cada rincón del mundo, tal vez, y sólo digo que tal vez, este mundo terminaría siendo un lugar un poco mejor; quizás, incluso, mucho mejor.

Esperé un rato, sentado en el banco y observando cómo este grupo de muchachas y muchachos compartían este simple gesto con todas y cada una de las personas que se encontraban en la plaza, cuando se me acercó una muchacha para darme el último abrazo gratis que recibiría por parte de este grupo. Fue un largo abrazo, y su cierre, contundente: "Somos todos parte de lo mismo. Al ver a aquella persona me veo a mí misma; somos parte de un todo. Somos hologramas, manifestaciones físicas de algo más grande", dijo, mirándome a los ojos. Dejándome un poco perplejo, se alejó para abrazar a la siguiente persona, y así hasta que la perdí de vista.

Tal vez haya sido la experiencia más surreal que tuve durante el día pero, sin duda, fue también la más real que he tenido en mucho tiempo.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Ilusiones

En una ocasión, un maestro Zen se encontraba llorando desconsoladamente la reciente muerte de su amado hijo. Uno de sus discípulos, aunque conmovido, se le acercó muy intrigado y le preguntó:

- Maestro, ¿por qué lloras la muerte de tu hijo? Como todas las cosas que nos rodean en este mundo, ¿no era él acaso sólo una ilusión?

El maestro, mirando al discípulo con ojos aún tristes, le respondió:

- Sí. Pero era una ilusión muy hermosa.


Parafraseando algo leído hace un tiempo en Twitter; el nombre de Alejandro Jodorowsky viene a mi mente

jueves, 4 de febrero de 2010

Vivir es explorar

¿Cómo ves a esa persona desconocida que está frente a ti? ¿Como un misterio, terreno inexplorado lleno de oportunidades, o como una amenaza en potencia? Dependiendo de cómo prejuzgues lo desconocido, tu reacción será explorar, o huir. Huir suele ser lo más fácil: te devuelves por el camino por el que llegaste, por el que conoces. Siempre haciendo lo mismo, siempre sintiéndote igual. Sin cambio. Sin evolución.

Lo más difícil de la vida es vivirla. Vivir significa abordar lo desconocido, tropezar, levantarse, correr, saltar, y volver a caer, para una vez más volver a levantarse. Aprender de los errores. Aprender que cometer errores está bien, que quien comete errores no es un incapaz, sino un explorador. Un valiente.

El único error que se debe evitar es el de abandonar el camino que se tiene por delante por miedo a errar.

Todo es cuestión de vencer la resistencia; después, el camino va en bajada (eso sí, no te dejes dominar por el vértigo, porque la altura es considerable).

sábado, 9 de enero de 2010

Érase una vez, la memoria y los sentidos

Es curioso cómo en ocasiones ciertos olores, ciertas sensaciones, traen determinados recuerdos a nuestra memoria; ese olor a tierra húmeda que me recuerda las tardes lluviosas de mi niñez, contemplando el patio de mi vieja casa, viendo charcos de agua acumularse, y formando meandros con mis dedos. Y tras el recuerdo, viene la emoción; esa nostalgia del pasado, por lo que ya no será, ese tiempo remoto en el que se era más feliz; o la tristeza por los momentos vividos de angustia y temor, que no queremos que vuelvan. La sensación despierta el recuerdo, el recuerdo la emoción; causa y efecto.

También están las otras sensaciones, las que no operan a través de los sentidos (al menos no de los físicos), sensaciones más sutiles, menos evidentes; el efecto se vuelve causa, la emoción que despierta el recuerdo. Las emociones pueden llevarnos a otro estado de conciencia, sensibilizarnos de tal modo que el recuerdo de ciertos eventos quede a flor de piel, retroalimentando esa emoción, un círculo vicioso a veces maravilloso, otras veces agobiante.

¿Qué es el humano sino un saco de memorias, apiladas unas sobre otras, montaña de recuerdos en crecimiento incesante? Emociones. Sensaciones. Sentimientos.

Es ésa nuestra esencia, es eso lo que somos.

Escrito el 24/05/2008
Crédito foto: Rainer Berg

Inercia de la parálisis

Hay ocasiones en las que estamos más sensibilizados, ocasiones en que nuestros sentidos, liberados, nos permiten conocer más de nuestro entorno, sentirlo sin que nada nos interrumpa, sin ruidos, sin distracciones internas. Los artistas los llaman momentos de inspiración, presencia de la musa benevolente, instantes en que los bloqueos desaparecen y se desata la creatividad, la necesidad de construir, de comunicar.

Creatividad. La capacidad de tomar elementos existentes para crear algo nuevo. El escritor no inventa las palabras; éstas ya existen, él sólo tiene que unirlas, orquestarlas en una composición que transmitirá algo al lector, que estimulará su imaginación y, quién sabe, quizás hasta le lleve a su momento de inspiración, esa chispa que realimente el círculo de la creación.

Me es difícil comprender por qué a veces no puedo percibir las cosas de la misma manera, por qué en ocasiones eventos que deberían traer alegría pasan inadvertidos, opacados por el día a día, la rutina insensibilizadora, el constante mecanismo de reloj que me hace seguir casi por inercia. Por momentos me detengo, conciente del rumbo perdido, pero continuando aún en el ciclo, incapaz de romperlo.

De repente, sin esperarlo, en un momento cualquiera (o al menos no soy capaz de percibir qué diferencia ese momento de los demás), llega el destello de iluminación: siento con mayor intensidad mi entorno, me arrepiento de lo insensible que fui en tal o cual momento, me disculpo conmigo mismo, me prometo enmendarlo, no hacerlo de nuevo, y el mundo se vislumbra como un mejor lugar. Momento de creación, instante de inspiración. Al menos durante ese instante. Después, todo sigue su curso normal. La misma insensibilidad. Como si de repente, sin darme cuenta, me hubiera bajado del tren que me llevaría a ese destino anhelado.

Tal vez miento. Tal vez no me es difícil comprenderlo. Tal vez es simplemente la costumbre. El miedo a fallar, al fracaso, a la frustración. Miedo a ser vulnerable. Miedo a no ser lo que quiero llegar a ser. Miedo a intentarlo. Miedo.

Es definitivo que el miedo, al menos ese miedo irracional que nos detiene, ese inhibidor de los sentidos que nos mantiene en la inercia de la parálisis, es el instigador que nos convierte en nuestros peores enemigos.


Escrito inicialmente el 28/09/2008,
corregido y revisado una y otra vez, hasta hoy.
Cruel perfeccionismo, ya nos veremos las caras.

domingo, 30 de agosto de 2009

Mensajes

Silencio, ese sutil mensajero que dice más que miles de palabras, más que cientos de imágenes, a quien esta dispuesto a escucharlo.

No es la edad la que nos hace más o menos sabios, sino los silencios que hemos sido capaces de comprender.